Maldita Música: Nostalgias de Vaporwave

vaporwave portada

Esta semana, en nuestro Blog:

Una nueva entrada de la serie 'Maldita Música'
a cargo de Javier Buendía

Nuestra experiencia es el Vaporwave. Es el cementerio musical de la obsolescencia y del intercambio simbólico del capitalismo tardío. Es la pesadilla etérea, envolvente, trastornada del centro comercial ubicuo, del consumo aniquilador y ávido. Se trata, pues, de una interferencia discreta que, sin embargo, sentimos como ruido de fondo.

El Vaporwave apareció alrededor del 2010, aunque no tuvo una escena notable, ya que tal género se resistía a la popularidad. Se trató más de un fenómeno que respondía a conceptualizar la realidad que circundaba a la expansión del internet, en diáspora imparable, sin fronteras y sin límites establecidos.

Una realidad la de internet que, no obstante, siempre tiende a ser más inestable e insuficiente que la realidad misma —aunque ambas realidades, hoy por hoy, ya están intrínsecamente interconectadas—.

Y a pesar de que el Vaporwave nació en internet y no se entiende al margen del mismo, remite a un pasado analógico de emisiones catódicas, anuncios coloridos y festivaleros, dibujos animados de colores apagados y planos —de domingo por la mañana—, VHS y cassettes; reflejo todo de un agotamiento nostálgico.

Unido igualmente a la estética AESTHETIC, abundan en sus caratulas referencias ochenteras y noventeras; tiempo en el que, al no existir ni YouTube ni Spotify, si se quería escuchar una canción o ver un videoclip, o bien se tenía que ir raudo a la tienda de discos a comprar el álbum o cassette —y por supuesto, o escucharlo integro, o rebobinarlo o adelantarlo al momento justo—, o bien esperar a que lo emitiesen por la desastrosa e insultante MTV.

Vaporwave 1

Siendo el Vaporwave un fenómeno de internet y que no hubiese pervivido sin él, es, igualmente, la mayor apología del pasado preinternet —igual que el tango siendo un género prostibulario es, en esencia, el género más antiprostibulario que existe—. A su paso, sus sonidos que son tan familiares como siniestros, retazos de música “muzak”, de ascensor, de supermercado, como un espacio liminal, como el comedor de un colegio, la sala de una guardería o de un cine o un aparcamiento vacío o un McDonald’s donde solo quedan vasos de cartón aplastados y toboganes despojados —algo así como la agonía vacua de un cuadro de Edward Hopper—.

El “muzak”, es música para ser ignorada —a la vez que provoca el estímulo de la productividad y el consumo—; benévola, arrulladora… pero el Vaporwave, siendo su némesis, donde la irrupción y la fragmentación son parte del ambiente, consigue que esa experiencia del consumo

El “muzak”, es música para ser ignorada —a la vez que provoca el estímulo de la productividad y el consumo—; benévola, arrulladora… pero el Vaporwave, siendo su némesis, donde la irrupción y la fragmentación son parte del ambiente, consigue que esa experiencia del consumo, que necesita presentarse como segura y cálida, constante y amigable, sea vista como una situación kafkiana donde el supermercado es infinito y del que no hay escapatoria posible.

Así, muchos de los artistas asociados al género se presentan con nombre de corporaciones oníricas. Y con ello remarcan y descubren como esa envoltura psíquica alrededor de las marcas comerciales, donde todo lo que se acaba generando es ruido de fondo, ensordecedor, que obliga siempre a generar más ruido; a combatir constantemente el silencio.

Porque el silencio es el cese de la publicidad y de la invasión de las mercancías —sean estas sólidas y corpóreas, o volubles e inconsistentes—. Porque en esta etapa tardía de sociedad secular que no ve más allá de sus quevedos y del spot publicitario, no hay más experiencia —o anti-experiencia— que la del consumo, no hay más sagrado que el gozar en el “más acá”.

Como cadáver balbuceante, el Vaporwave recupera el pasado para deformarlo a conveniencia y hacer de él una amalgama de recortes de nuestra experiencia consumista. Se trata de un caleidoscopio de sonidos e imágenes que muestran el trasfondo siniestro del golpeteo acumulador de nuestra psique envuelta por el imaginario generado alrededor del capitalismo.

Vaporwave 2

Y con la irrupción del primer internet —ese internet primitivo de iconos pixelados, de guías en foros que nos daban pistas de como adentrarnos en ese mundo, que aún, en esa primera década del segundo milenio, entre las convulsiones de las Torres Gemelas, aún esa nueva realidad aún nos resultaba extraña—, con esa primera incursión, se difuminaron los límites que aún pudiesen persistir a ese colorido aunque quejumbroso y tenue festival de bebidas azucaradas, bikinis en las playas de California, coches deportivos, hoteles de lujo, escaleras mecánicas, electrodomésticos, consolas de videojuegos y demás parafernalia que solidificaba los cimientos de la nueva felicidad tanto al por mayor como al por menor.

Con tal catarsis, el mundo entero se adentró en una vorágine donde moraban fantasmas mercantiles que, tarde o temprano, con el paso de tendencias y modas, con la obsolescencia programada —sea en su estadio de utilidad, sea en su estadio de caducidad respecto a la novedad o a la innovación—, iban a quedar relegados o bien a la nostalgia o bien al olvido.

¿Quién no se ha sentido tentado de recuperar su Playstation 2, o de ver aquella serie de dibujos animados que transmitían cada tarde, o de rescatar de algún armario los tazos o cromos que regalaban con las bolsas de patatas fritas?

Pero la nostalgia, mediante su combustión cibernética, viene igualmente cargada de un nuevo fenómeno: con el internet, colindan pasado y futuro en un perpetuo presente en el que, no obstante, nuestros recuerdos son solo productos que ya hemos consumido, y nuestro porvenir serán productos que consumiremos si no mueren en el proceso.

Lo cual también denota un estancamiento de la cultura y de la realidad misma, donde no hay más oasis que el simulacro de la publicidad, las novedades en los catálogos de las tiendas de informática, la vigilancia con el objetivo de conocer nuestros gustos y nuestras tendencias y todo el gigantesco estado de bienestar prefabricado.

El Vaporwave, con su sopor particular, vino a sacarnos del sopor que supone la narcolepsia sorda y sigilosa del sistema capitalista de servicios ubicuos y consumo masivo; intrusivo y todopoderoso. Magnifica el estancamiento histórico en el que nos encontramos y en el cual solo el mercado hace las veces de Padre y riega y satisface los deseos más abruptos de todos sus hijos; deseos volátiles, revueltos en ejercicios de “copia y pega”, sin orden, sin tiempo, y sin espacio.

Vaporwave 3
Imagen de Javier Buendía

Javier Buendía

Graduado en Estudios Literarios por la Universitat de Barcelona (UB).
Ávido lector y oyente de casi todo tipo de música.

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